Sensory, liturgical and musical aspects of the journey of the Hieronymite monk Fray Diego de Ocaña to the Indies (1599–1605): From the Monastery of Guadalupe to Lima (I)

Ruiz Jiménez, Juan
Real Academia de Bellas Artes de Granada
0000-0001-8347-0988

Abstract

With this article, we begin our journey through the Americas undertaken by the Hieronymite monk Fray Diego de Ocaña, which I shall divide into several stages, focusing on the sensory, liturgical and musical aspects he describes in his account. In this first instalment, we analyse the text covering the period from his departure on 3 January 1599 from the monastery of Guadalupe (Cáceres) to his arrival in the city of Lima, in Peru, on 23 October of that same year.

Keywords

journey , confraternity of Our Lady of Guadalupe , mass , salve , organ , bell , vespers , feast of the Incarnation (= Annunciation) , Introibo in domun tuam adorabo ad templum sanctum tuum et confitevimur nomini tuo, Domine , Missus est angelus Gabriel (antiphon) , pontifical mass , sermon , Holy Week , feast of the Resurrection (Easter Sunday) , artillery salute , storm , rain , thunder , feast of the Nativity of Our Lady , funeral procession , matins for the dead (= vigil) , requiem mass , burial of monks , feast of Saint Jerome , unveiling sacred images , incence , the pealing of bells , feast of the Conception of Mary , novena , Diego de Ocaña (Hieronymite) , Martín de Posadas (Hieronymite) , Order of Saint Jerome , Francisco Coloma de Saa (Captain-General of the Navy and of the West Indies Fleet) , wind players , indigenous american wind players , Antonio Calderón de León (bishop) , Augustin friars , Order of Dominicans , Antonio de la Calancha (Augustinian)


La implementación de Paisajes Sonoros Históricos con la posibilidad de georreferenciar en un mismo artículo localizaciones distintas en diversos lugares nos permite abordar, a modo de ejemplo, trayectorias profesionales, circulación de obras o instrumentos musicales, o los itinerarios de los viajes realizados por personajes de interés para esta plataforma de Humanidades Digitales.

En el caso que nos ocupa, nos centraremos en la aventura vivida por el fraile jerónimo Diego de Ocaña en su periplo de más de 35.000 kilómetros por tierras americanas entre 1599 y 1605, la cual dividiré en varias etapas para mantener la extensión en el concepto de microartículo característico de la revista digital homónima Paisajes Sonoros Históricos.

Natural de Ocaña, fray Diego había ingresado en el monasterio extremeño de Guadalupe el 8 de junio de 1588. El objetivo de su viaje, el cual iniciaría en compañía de otro hermano del mismo cenobio jerónimo, fray Martín de Posadas, tenía un claro objetivo económico: difundir la devoción a la Virgen de Guadalupe en los territorios ultramarinos de la Corona de Castilla, favorecer la creación de cofradías de esa advocación y recabar las limosnas destinadas a la matriz extremeña, evitando intermediarios de otras órdenes religiosas, de las cuales se costearían también los gastos de su expedición.

El relato de este libro de viajes de Ocaña nos ha llegado a través de un autógrafo preservado en la Biblioteca de la Universidad de Oviedo, sin título, al que se ha asignado el nombre de Relación del viaje de fray Diego de Ocaña por el Nuevo Mundo (1599-1605). En él se incluye la Comedia de Nuestra Señora de Guadalupe y sus milagros, relaciones de fiestas, canciones en honor de la Virgen de Guadalupe, la letanía mariana y veintisiete ilustraciones del propio Ocaña. En 1656 estuvo en manos de Juan Francisco Pacheco, obispo de Cuenca y, ya en el siglo XIX, perteneció al bibliófilo Bartolomé José Gallardo del que pasó a Felipe de Soto y Posada y a Roque Pidal, el cual lo vendió, en 1935, al Estado español, depositándose en la citada biblioteca (ver recurso). El texto fue editado completo por Blanca López de Mariscal y Abraham Madroña, con la colaboración de Alejandra Soria, en 2010.

Aunque el relato de Ocaña puede enmarcarse en las relaciones de las expediciones de los conquistadores y religiosos, las cuales seguían un modelo que se formalizó, en 1577, en la Instrucción y memoria de las relaciones que se han de hacer para la descripción de las Indias, en su caso, al no tratarse de una crónica oficial para la Corona, sino más bien destinada a sus hermanos jerónimos, mantiene, a lo largo de su narración, un tono más distendido, plagado de experiencias personales que recuerda, en ocasiones, a los informes jesuíticos recogidos en las cartas anuas.

Los frailes Diego de Ocaña y Martín de Posadas salieron del monasterio de Guadalupe el 3 de enero de 1599, en dirección a Sevilla, donde en la Casa de la Contratación formalizaron su licencia de embarque. Partieron del puerto hispalense el 26 o el 27 de enero, hasta el puerto de Sanlúcar de Barrameda, donde estuvieron hasta el 2 de febrero, festividad de la Purificación de la Virgen: “habiendo dicho misa en su altar de Barrameda, nos fuimos a embarcar a los galeones”. Iban en la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, capitaneada por Francisco Coloma de Saa, su capitán general, en la que Ocaña sirvió de capellán mayor. A la altura de las Islas Canarias, en las que no desembarcaron, tuvieron “dos días de calma”, comprometiéndose “de cantar todas las noches la salve a nuestra Señora de Guadalupe”, sin que esa falta de viento volviera a repetirse. En este servicio sabatino es probable que participaran los ministriles que, como veremos a continuación, formaban parte de la tripulación de la nao que capitaneaba la flota.

Llegaron a Puerto Rico el día 24 de marzo, “víspera de Nuestra Señora de marzo”, donde todavía eran muy evidentes los destrozos ocasionados por el saqueo inglés y la quema de San Juan en junio de 1598, en la que robaron el órgano y las campanas de la catedral (véase: https://www.historicalsoundscapes.com/evento/1037/san-juan). Ocaña describe la penosa situación en la que había quedado el recinto catedralicio con las imágenes destrozadas por la barbarie iconoclasta inglesa que habían convertido el lugar en caballerizas, de la que solo se salvaron las representaciones de Cristo. El general Coloma mando traer de la nao capitana una campana pequeña y ordenó a los ministriles que en ella venían que fueran a la catedral, prestando Ocaña y su compañero los ornamentos que habían traído de España:

Y vestido el señor obispo con aquel ornamento, comenzaron a tocar las chirimías y el señor obispo [Antonio Calderón de León] a cantar, con muchas lágrimas: Introibo in domun tuam adorabo ad templum sanctum tuum et confitevimur nomini tuo, Domine. Y todos nosotros con él llegamos en medio de la iglesia y comenzamos la antífona de las vísperas de Nuestra Señora que dice Missus est angelus Gabriel, las cuales vísperas dijimos con mucha devoción… Otro día se dijo misa de pontifical, aunque con falta de capas y otras cosas, pero lo mejor que pudimos”.

En la misa predicó el padre prior del convento de Santo Domingo. Como hemos visto, Ocaña nos confirma la habitual presencia de un grupo de ministriles en la flota de Indias, recogida en otros artículos publicados en Paisajes Sonoros Históricos. A lo largo del viaje, como era preceptivo en estos relatos, nos describe la vegetación, la fauna y los productos comestibles, especialmente aquellos que para él resultaban exóticos, en los cuales, salvo alguna excepción destacable, no me detendré. Durante la estancia en San Juan se alojaron en el citado convento de Santo Domingo.

Ocaña y Posadas viajaron con Antonio Calderón de León, en la nao capitana, a Panamá, donde el prelado iba a tomar posesión de la sede obispal a la que había sido promocionado. Hicieron escala en Cartagena de Indias, a donde llegaron el Viernes Santo (9 de abril), donde no se hicieron las salvas de rigor por estar en la Semana Santa. Pasaron tres días en esta ciudad, donde asistieron a los servicios religiosos en la catedral. El 11 de abril, Pascua de Resurrección, Ocaña oficio misa en la orilla del puerto, “estando todos los soldados en los bordos de los navíos viendo al sacerdote. Y acabada la misa volvimos a los navíos, y hecha una grande salva al castillo, salimos del puerto de Cartagena a las diez de la mañana para Portobelo”.

Llegaron a Portobelo el día 18 de abril, “Domingo de Quasimodo”. Se alojaron en el convento de la Merced: “que era toda la casa un buhío [cabaña o choza] de madera tosca y paja”, cuya construcción se vino abajo durante la estancia de Ocaña y su compañero, quedando atrapado Posadas, que fue rescatado con ayuda de los soldados de la armada. Pasaron en Portobelo quince días hasta que llegaron los arrieros de Panamá para llevarlos a esa ciudad. Alquilaron nueve mulas, cinco de ellas para “llevar los trecientos cuerpos de libros de la Historia de Nuestra Señora”. Arturo Álvarez señala que muy probablemente se trataba de la Historia de Nuestra Señora de Guadalupe, de fray Gabriel de Talavera (Toledo: Tomás de Guzmán, 1597). Los otros cuatro animales eran para ellos y los dos mozos que habían viajado en la Armada y a los cuales contrataron.

Entraron en Panamá “a los primeros días de mayo”, donde tuvieron que esperar tres meses a que llegaran los barcos que venían de Peru con plata para por bajar hasta Lima. Este tiempo lo empleó Ocaña, ya que Posada enfermó gravemente: “en asentar por cofrades de Nuestra Señora a toda la gente de la ciudad. La limosna que dieron fue dos mil reales; la mitad dejé allí para que lo enviasen a España y lo demás lo iba gastando con médicos y en las demás cosas necesarias para la embarcación”.

Los sonidos de las tormentas, truenos y lluvia son otro de los elementos sónicos que se repiten a lo largo del relato, a los que se hacen alusión en Panamá y en otras localizaciones.

Panama era, como he señalado, sede obispal, y en ella Ocaña cita la presencia de los conventos masculinos de Santo Domingo, San Francisco, La Merced y los jesuitas y uno de monjas, del cual omite el nombre. Se trataba del convento de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, el cual acababa de ser fundado (1598) con la llegada de cuatro monjas procedentes de Lima. Todos ellos ubicados en lo que hoy se conoce como Panamá Viejo.

El 3 de agosto embarcaron en la flota de la Armada con destino a Lima. Ocaña va consignando regularmente los elevados costos que ocasionaba el transporte, alojamiento y sustento. Debido a la enfermedad de Posadas y a la del propio Ocaña, se vieron obligados a desembarcar en la escala que la flota hizo en Paita (Perú), donde el primero de ellos falleció el 11 de septiembre. A la iglesia del convento de la Merced acudió Ocaña en la fiesta de la Natividad de la Virgen (8 de septiembre) para comulgar y allí se ofició la vigilia y misa cantada por el alma de Posadas, cuyo cuerpo fue trasladado en procesión, acompañado de parte del pueblo y los clérigos que allí residían, para ser enterrado junto al altar mayor.

Ocaña partió de Paita el 13 de septiembre para dirigirse a Lima por tierra, una dura travesía en la que recaló en la ciudad de Piura (Perú), donde siguiendo con su misión dejó mayordomos encargados de recoger las limosnas para la Virgen de Guadalupe. Continuó a Olmos (Perú) y después a Saña (= Zaña, Perú), donde llegó “sin un real que gastar”. Zaña se encontraba a “cuatro leguas de Nuestra Señora de Guadalupe [= Anlape]”, donde los agustinos custodiaban una réplica de la imagen de la Virgen de Guadalupe que desde Extremadura había traído Francisco Pérez Lezcano, en 1562, la cual él y su mujer, Luisa de Mendoza, donaron a la comunidad agustina, convirtiéndose en un importante foco de peregrinación que copaba las limosnas derivadas de esta devoción, con la cual Ocaña no podía competir. Es en Zaña donde Ocaña comienza a vender las imágenes de la Virgen de Guadalupe que el mismo pintaba, en concreto una que había hecho durante su estancia en Panamá, ya que, más adelante en su relato, nos dice que si bien no tenía práctica en la pintura al oleo, si la “tenía de la iluminación de aquellas imágenes que en España, sin haber tenido maestro que me enseñase, hacía”. Probablemente había trabajado en el importante scriptorium del monasterio de Guadalupe del que salieron un buen número de códices textuales y libros corales, ricamente iluminados, desde los inicios del siglo XV hasta el siglo XVIII.

El 28 de septiembre, Ocaña partió de Zaña para dirigirse a Guadalupe, donde llegó al día siguiente, festividad de San Jerónimo. Fue muy bien recibido por lo padres agustinos que le conminaron a que celebrase las vísperas y misa de la fiesta, por ser fraile de ese hábito. Los agustinos tenían un colegio, “donde se leen artes”, con la advocación de San Jerónimo, por lo que la fiesta se celebró con solemnidad, participando los colegiales “con muchos versos y oraciones… y los que oraron lo hicieron muy bien, por ser, como eran, buenos latinos”. Ocaña describe el convento, la imagen y cómo se exponía a los peregrinos:

Con mucha devoción, porque para quitarle y correr los velos salen de la sacristía dos frailes con ciriales encendidos y vestidos de almáticas, y el preste con capa, y mientras quitan los velos, tañen los indios las chirimías y repican las campanas y el preste inciensa la imagen con mucha devoción, lo cual se hace todas las veces que la enseñan de la manera que queda dicho, a cierta hora del día, después de vísperas, para la cual hora está toda la gente que quiere ver la imagen junta”.

Fray Antonio de la Calancha (1584-1654), en su Chronica moralizada del Orden de San Agustín en Perú (1638), nos da cuenta de que para solemnizar el culto de esta imagen: “de sus cinco pueblos sacan los mejores músicos para su coro, con que celebran sus oficios con todo culto”. Su fiesta principal se celebraba el 8 de diciembre (festividad de la Concepción de María), con un novenario revestido de la mayor solemnidad que convocaba “cinco y seis mil almas el día de su fiesta entre indios, españoles y mestizos, viniendo al santuario de ciento y más leguas de distancia”. Calancha también nos dice que, probablemente, la imagen que vio Ocaña no era la original traída a España por Francisco Pérez Lezcano:

Los que hoy [c. 1630] vieren la milagrosa imagen y santo bulto de la Madre de Dios de nuestro Guadalupe y hubieren visto la que está en España dirán que no es retrato parecido, porque se diferencian en el vestuario y en la disposición de niño, y arguirán que si este hoy se venera es el que trajo de Extremadura el capitán Lézcano ni fue trasunto del otro ni se copió del nativo original. Sépase pues la causa y sabrase la ocasión. Pasados treinta años desde que el bulto se trajo de España, se consumió de carcoma que como la madera fue mal beneficiada llegó a deshacerse. Encerró el prior el bulto en un arco del altar mayor y puso en su lugar el que hoy está y como no se acomodaba el vestuario con el nuevo bulto no la vistió como está la de Guadalupe. Ya pensaron nuestros religiosos que no haría más milagros y desde aquel día parece que los comenzó a hacer como veremos, para que advirtiésemos que no hacía los milagros por la similitud sino por la fe y devoción”.

De las dos imágenes veneradas actualmente en el Santuario de San Agustín de Guadalupe, talladas en madera de cedro y policromadas, la más antigua y de menor tamaño, datada por Amelia Castillo Saavedra entre 1560-1570, es la conocida como “La Chapetona” (término con el que se designaba a los españoles y europeos recién llegados a América) y se encuentra en una capilla entre la sacristía y el presbiterio. La otra es denominada “La Perfecta”, que la referida perito en arte data del último tercio del siglo XVI y preside el retablo de la capilla mayor. Para otros autores, esta imagen pudo ser un encargo de los agustinos a un artista de la región y fue realizada después del terremoto de 1619.

Pasados tres días, Ocaña continuó su camino con destino a la ciudad de Trujillo (Perú), dirigiéndose a Chiclayo (Perú) y, desde allí, apartándose del “camino real”, a Eten (Perú), “un pueblo de indios”. Allí se encontró con el franciscano fray Francisco de Santa María, “doctrinante de los indios”, que se había criado en la hospedería del monasterio de Guadalupe, hijo de un escribano de Trujillo (España) que lo alojó en su convento, lo alimentó y lo proveyó de comida para proseguir su camino. Ocaña se detiene para contarnos su experiencia sónica en el conocido hoy como Cerro o Morro de las Campanas, próximo a Eten:

En el cual están dos piedras entre otras (porque todo el cerro es de piedras sueltas y limpias, sin tierra) tan notables y exquisitas, que entiendo es una de las cosas más dignas de mandar a la memoria de cuantas en estos reinos hay, por la propiedad que tienen que es sonar tanto como una grande y sonora campana cuando las tocan con otras piedras… Estas están sobre otras piedras, no sentadas de llano sino levantadas de las puntas y sentadas por medio, porque la parte de abajo están labradas como una media luna. Las cuales, heridas con otras piedras, es tanto lo que suenan que se oyen media legua larga y con tan sonoro sonido que parecen campanas muy grandes; y me pareció que sonaban tanto como la campana grande de nuestra casa [el monasterio extremeño de Guadalupe]. Y lo que más admira es que estábamos seis personas alrededor de las dos piedras y cada uno de nosotros teníamos en las manos piedras, unas grandes y otras pequeñas y dábamos todos a un tiempo, en diferentes lugares y parecía que repicábamos una docena de campanas, unas grandes y otras pequeñas, de suerte que según es la piedra con que se da, ansí suena; que si es grande parece una campana muy grande y si es una piedra pequeñita suena como una campanilla. Y con tan grande sonido que dura mucho el retintín que suena en el oído como cuando se da un golpe grande en una campana… En todo el cerro hay muchas piedras, unas grandes y otras pequeñas. Y por todas o por las más fui haciendo experiencia por ver si hallaba otras que sonasen como estás. Y todas suenan, poco o mucho, unas como almireces y otras como calderos y todas tienen sonido, pero ninguno como aquellas dos que es muy sonoro y muy lindo y grande como la más fina campana que puede haber en España, porque en estos reinos ninguna hay de mejor y mayor sonido que es el de las piedras”.

Estas dos piedras (fonolitas), las cuales tenían un carácter sagrado para las sociedades prehispánicas de la zona, fueron destruidas c. 1908 (ver recurso), pero su sonido debía ser similar a otras de este Cerro y a las conocidas como pedras do sinos en Brasil.

Ocaña llegó a la ciudad de Trujillo (Perú) la víspera de la festividad de San Francisco (3 de octubre). En ella pasó siete días “asentando cofrades”. Aquí cita los conventos de San Francisco, Santo Domingo, San Agustín y la Merced. Continuando su camino a Lima, Ocaña hizo un alto en Santa (Perú). El final de su ruta la hizo en compañía del vicario general de los dominicos. Llegó a Lima el 23 de octubre, alojándose en el convento de Santo Domingo.

Source:

Biblioteca de la Universidad de Oviedo. Diego de Ocaña, Relación del viaje de Fray Diego de Ocaña por el Nuevo Mundo (1599-1605), Fondo Antiguo [288], 1r-55v.

Calancha, Antonio de la, Chronica moralizada del Orden de San Agustín en Perú. Barcelona: Pedro Lacavallería, 1638, 586-587, 604-605.

Bibliography:

Álvarez, Arturo, Un viaje fascinante por la América hispana del siglo XVI. Madrid: Studium, 1969.

Fray Diego de Ocaña, Viaje por el Nuevo Mundo: de Guadalupe a Potosí, (1599-1605). Blanca López de Mariscal y Abraham Madroñal (eds.). Madrid: Iberoamericana, 2010.

Peña, Beatriz Carolina, Fonolitos. Las piedras campanas de Eten: rituales, milagros y codicia. Valladolid: Glyphos, 2014.

mez García, Lidia E. Y Ángel Cruz, Eduardo, “El discurso de la desunión: la disputa jurisdiccional por las limosnas de la Virgen de Guadalupe en Nueva España, 1572-1607”, Estudios de Historia Novohispana 61 (2019), 3-48.

Campos y Fernández de Sevilla, Francisco Javier, "La Virgen de Guadalupe y el santuario agustino del Perú. Origen y arraigo de una gran devoción en tierras de Trujillo", Revista del Archivo General de la Nación 37 (2022), 11-38.

Published:
Modified: 23 May 2026
Referencing: Ruiz Jiménez, Juan (ORCID: 0000-0001-8347-0988), "Sensory, liturgical and musical aspects of the journey of the Hieronymite monk Fray Diego de Ocaña to the Indies (1599–1605): From the Monastery of Guadalupe to Lima (I)", Historical soundscapes, Núm. 12 (), http://www.historicalsoundscapes.com/en/evento/1789/guadalupe.

This article is available under a license Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional (CC BY-NC 4.0).
Resources

Monastery of Guadalupe

Ruins of the Cathedral in Panama Viejo

Our Lady of Guadalupe (la Chapetona)

Stones of the Morro or Cerro de las Campanas in Eten (Peru). Picture by Hans Heinrich Brüning Brookstedt (1908)

Planta de la ciudad de Truxillo. José Fomento (1687)

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Relación del viaje de Fray Diego de Ocaña por el Nuevo Mundo (1599-1605). Diego de Ocaña.

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