Paisaje sonoro en un galeón de camino a las Indias (1573)
Ruiz Jiménez,
Juan
Real Academia de Bellas Artes de Granada
0000-0001-8347-0988
Resumen
Eugenio Salazar de Alarcón, gobernador de la isla de Tenerife y de la Palma, en una carta dirigida a su amigo el licenciado Miranda de Ron, relata, en tono satírico, la aventura de su viaje a las Indias, en compañía de su mujer e hijos, donde se trasladó para tomar posesión de su puesto como oidor de Santo Domingo, en 1573. En esa misiva nos da cuenta de numerosos elementos del paisajes sonoro de la “ciudad” en la que navegaban.
Palabras clave
ruidos diversos , música naval , saloma , salve , Credo , Ave Maria , Pater Noster , viento , sonido del agua , letanía , chifle , Eugenio Salazar de Alarcón (gobenador, oidor) , marineros
Eugenio Salazar de Alarcón (c. 1530-1602), natural de Madrid, desempeñó el cargo de gobernador de la isla de Tenerife y de la Palma desde octubre de 1567 hasta el 19 de julio de 1573, fecha en la que fue nombrado oidor de Santo Domingo. Estuvo viviendo en América durante veinte años, ocupando diferentes cargos en distintas ciudades.
En una de sus cartas, dirigida a su amigo el licenciado Miranda de Ron, nos cuenta las vicisitudes del viaje que realizó a las Indias en 1573, acompañado de su mujer, Catalina Carrillo, y de sus hijos Fernando y Pedro. En esta carta, en la que abundan los comentarios de humor negro, encontramos numerosas referencias a los elementos sónicos, y en general sensoriales, de lo que constituía la penosa travesía con la que se iniciaba la aventura del Nuevo Mundo, que resume en la primera frase con la que inicia la carta: Qui navigant mare, enarrant pericula ejus [los que navegan podrán contar los peligros del mar].
Partieron del puerto de Santa Cruz de Tenerife en el navío de Nuestra Señora de los Remedios (“mejor nombre que obras”) un lunes, 19 de julio de 1573, en una flota de ocho naos, las cuales viajaron cada una a su ritmo desde la primera noche. Su posición privilegiada, permitió a la familia, “por gran regalo”, disponer de “una camarilla que tenía tres palmos de alto y cinco de cuadro”. Tras dos días con mal de mar, en la tercera jornada se despertaron con una voz que recitaba una cantilena:
“Bendita sea la luz / y la Santa Veracruz / y el Señor de la Verdad / y la Santa Trinidad…”. Tras ella dijo las oraciones del Pater Noster y el Ave María, para continuar con un recitado de buenos deseos de viaje a todos los que se encontraban en la nao, que Salazar de Alarcón describe estableciendo un satírico paralelismo con una ciudad.
Entre los sonidos propios de la embarcación, hace referencia expresa al molinete del cabestrante, con el que se manejaba el ancla o se movían grandes pesos: “tiene un molinete que con su furia mueve a los marineros y con su ruido a los pasajeros”. Igualmente recita toda una larga serie de consignas que el piloto grita a los marineros: “guindá el joanete; amainá el borrriquete; izá el trinquete…”. Tras ellas, Salazar de Alarcón nos cuenta una de las actividades náuticas más interesantes desde el punto sónico:
“Pues al tiempo del guindar las velas, es cosa de oír zalomar a los marineros que trabajan y las izan cantando y a compás del canto, como las zumbas cuando pelean; y comienza a cantar el mayoral de ellos, que por la mayor parte suelen estos ser levantiscos, y dice: Bu izá / o dio – ayuta ney / o que somo – servi soy / o voleamo – ben servir… A cada versillo de estos que dice el mayoral, responden los otros o o y tiran de las fustagas para que suba la vela”.
El verbo zalomar (= salomar) es un vocablo marítimo, que la RAE define como “acompañar una faena con la saloma”, aclarando para este sustantivo que es el “son cadencioso con que acompañan los marineros y otros operarios su faena, para hacer simultáneo el esfuerzo de todos”. En este particular paisaje sonoro, Salazar de Alarcón hace alusión, siempre con su particular socarronería, a la particular “lengua marina o malina, la cual yo no entendía más que el bambaló de los bramenes”.
Se recrea el autor de la misiva en otras fórmulas que los distintos miembros de la tripulación gritaban o recitaban en alta voz para distintos menesteres, como, por ejemplo, los pajes para convocar a las comidas:
“Tabla, tabla, señor capitán y maestre y buena compaña, tabla puesta, vianda presta; agua usada para el señor capitán y maestre y buena compaña. ¡Viva, viva el Rey de Castilla por mar y por tierra! Quien diere guerra que le corten la cabeza; quien no dijere amén, que no le den a beber. Tabla en buena hora, quien no viniere que no coma”.
También refiere las que declamaban esos pajes por la noche: “Amén, y Dios nos dé buenas noches, buen viaje, buen pasaje haga la nao, señor capitán y maestre y buena compaña”. Finalizadas estas, otros dos pajes decían las oraciones Pater Noster, Ave Maria, Credo y Salve regina. Durante toda la noche, los pajes se encargan de “velar la ampolleta”. Se refiere al reloj de arena. Los pajes recitaban textos distintos cuando comenzaba a pasar la arena de un lado o del otro, tránsito que marcaba periodos de media hora, y esto hacían durante toda la noche.
En un momento de su epístola, refiere la componente sonora de los elementos naturales que les rodean: “la música que se oye es de los vientos que vienen gimiendo, y del mar y su olas que llegan al navío bramando”.
Llegado el primer sábado, nos describe la celebración sabatina, sin perder nunca su ácido tono y con una divertida disquisición sobre las desafinadas voces entonando la salve:
“A la hora de la oración se hizo una solemne fiesta en nuestra ciudad, de una salve y letanía cantada a muchas voces; y antes que se comenzase el oficio, estando puesto un altar con imágenes y velas encendidas, el maestre, en voz alta, dijo: ¿Somos aquí todos? Y respondió la gente marina: Dios sea con nosotros. Replica el maestre: Salve digamos, / que buen viaje hagamos / salve diremos, / que buen viaje haremos. Luego comienza la salve y todos somos cantores, todos hacemos garganta. No fuimos en nuestro canto por terceras, quintas ni octavas, sino cantando a un tiempo los ocho tonos y más otros medios tonos y cuartas. Porque como los marineros son amigos de divisiones y dividieron los cuatro vientos en 32, así los ocho tonos de la música los tienen repartidos en otros 32 tonos diversos, perversos, resonantes y muy disonantes; de manera que hacíamos este día en el canto de la salve y letanía una tormenta de huracanes de música, que si Dios y su gloriosa Madre y los santos a quien rogamos miraran a nuestros tonos y voces, y no a nuestros corazones y espíritus, no nos conviniera pedir misericordia con tanto desconcierto de alaridos. Acabada la salve y letanía, dijo el maestro, que es allí el preste: Digamos todos un Credo a honra y honor de los bienaventurados apóstoles, que rueguen a Nuestro Señor Jesucristo nos dé buen viaje. Luego dicen el Credo todos los que le creen. Luego dice un paje que es allí monacillo: Digamos un Ave María. Después dicen los muchachos levantándose: Amen y Dios nos dé buenas noches, etc. Y con esto se acaba la celebración de este día, que es la ordinaria de cada sábado”.
Manteniendo su socarronería, escribe también Salazar de Alarcón sobre el estilo que había de saludos entre las distintas naves que formaban la armada: “Y el estilo de saludarse a las mañanas unos navíos a otros es, a voz en grito, al son del chiflo, diciendo: buen viaje; es a tan buen tono que es para perder la salud y aquel buen viaje que se dan que oírle un día basta para hacer malo el viaje de un año”. El chifle o pito marinero ha sido, históricamente, privativo de la armada y con él se pueden generar múltiples sonidos e instrucciones.
Tras veintiséis días de navegación, vieron tierra, sucesivamente las islas de La Deseada, La Antigua, Santa Cruz, San Juan de Puerto Rico, La Mona y Monitos y, ya en La Española, las de Saona y Santa Catalina. Llegaron de noche a la desembocadura del río Ozama, donde atracaron. A la mañana siguiente, entraron en Santo Domingo. Tras descansar dos o tres días, Salazar de Alarcón tomó posesión de su cargo de oidor de la ciudad.