Aspectos sensoriales, litúrgicos y musicales del viaje del monje jerónimo fray Diego de Ocaña a las Indias (1599-1605): De Lima a la isla de Chiloé
Ruiz Jiménez,
Juan
Real Academia de Bellas Artes de Granada
0000-0001-8347-0988
Resumen
El monje jerónimo fray Diego de Ocaña partió del puerto de Callao (Perú) el 6 de febrero de 1600 para continuar su periplo por la Gobernación de Chile. En el itinerario que lo llevó hasta la isla de Chiloé, verdadera y estratégica frontera del Imperio español en el Pacífico Sur, dibujó los primeros mapas detallados que se conocen de la Araucanía, en un momento en el que la revuelta mapuche de 1598 se encontraba en uno de sus momentos álgidos.
Palabras clave
viaje , bailes , cartografiando fray Diego de Ocaña , Diego de Ocaña (jerónimo) , Lautaro (toqui mapuche) , Guacolda (mapuche) , Orden de los franciscanos descalzos , Orden de los mercedarios calzados , Orden de los agustinos , Juan Pérez de Espinosa (franciscano, obispo) , Orden de los dominicos , Compañía de Jesús , mapuches , Anganamón (toqui mapuche) , Martín García Óñez de Loyola (gobernador)
Tras su éxito en la afiliación de hermanos a la cofradía limeña de la Virgen de Guadalupe, fray Diego de Ocaña decide embarcar el 6 de febrero de 1600, en el puerto de Callao, para dirigirse a la Gobernación de Chile. Como él mismo nos cuenta, sus intenciones de continuar viaje contemplaban, en ese momento, la siguiente ruta:
“Convenía, pues había de andar toda la tierra firme, comenzar desde lo más apartado para después ir bajando y llegándome a España por el nuevo Reino de Granada y venir a salir a Cartagena, a donde había comenzado, aunque después mudé de parecer de ir por México, por ser de más interés que no bajar por el reino, como lo hice, por ser toda aquella tierra pobre de plata, aunque muy abundante de comidas, y fuera mayor el gasto de mi persona que lo que me podía dar en mil y tantas leguas que había de caminar”.
Como vemos por esta reflexión y tras la experiencia con la que contaba ya a sus espaldas, Ocaña nunca pierde la primigenia perspectiva económica que impulsaba su viaje: conseguir fondos para la casa matriz de Guadalupe (España) a través de la adhesión de cofrades a su “original” imagen guadalupana. También podemos apreciar el uso que hace en toda su narración de los conceptos de “subir”, cuando se desplaza hacia el sur, y de “bajar” cuando lo hace hacía el norte.
La nave en la que inició esta etapa de su aventura era una galizabra, “en la cual fue el socorro para la ciudad de la Concepción”, para ayudar a los españoles a combatir la rebelión mapuche iniciada en 1598. Se trataba de una embarcación de vela latina, habitual en el Mediterráneo oriental, de unas 100 toneladas, la cual se hundió en su regreso a Lima con toda la tripulación. Tras más de dos meses de plácida y rápida navegación, llegaron al puerto de la Herradura, en Coquimbo (Chile), “mediado abril” (única referencia cronológica en esta etapa de su periplo por la Gobernación de Chile), donde Ocaña desembarcó con la intención de continuar el viaje por tierra, en el que iría, como el mismo nos dice, dibujando el mapa de un territorio para el que no se conocen representaciones tan detalladas previas a la suya (la Tábula Geographica Regni Chile de Alonso de Ovalle fue impresa en 1646):
“De un pueblo a otro, por el orden que después iré puniendo, con la montea y mapa de toda la gobernación por ser esto lo mejor de todo el Pirú y Tierra Firme. Iré con el papel en la mano, marcando y pintando toda la tierra con intento que llevo de volver a embarcarme al puerto de Arica y desde allí ir a Potosí”.
Ocaña incluye en su manuscrito los cuatro mapas que dibujó de la región, plagados de referencias geográficas a los núcleos de población, accidentes geográficos, minas, etc., los cuales se constituyen en la referencia más destacada de este tramo de su itinerario, ya que es muy parco en la descripción de los lugares que fue visitando (ver recursos). Además, incorporó también un buen número de ilustraciones, acompañadas de sendas descripciones de un gran valor etnográfico, entre ellas: una del famoso Lautaro, cacique mapuche, en la que muestra “el traje de los indios de guerra de Chile”, y la otra de “la bella Guacolda”, su mujer, vistiendo el “traje de las chilenas desde Coquimbo hasta el valle de Arauco” (ver recurso).
En su visita a La Serena, asentamiento urbano próximo al puerto de Coquimbo, nos dice que era el “primer pueblo de españoles” de la Capitanía General o Reino de Chile, el cual contaba con cien vecinos (unos 450 habitantes). Cita los conventos de las ordenes de San Francisco, la Merced y San Agustín. Nombra también las distintas minas de oro, de cobre y de plomo, este último como mineral secundario (galena argentífera) y da cuenta de la abundancia de productos cultivados, tanto de los importados de España como de los autóctonos.
De La Serena Ortiz se fue a Santiago, “cabeza de la Gobernación”, atravesando los valles de Limari, Chuapa, Longo, Ligua y Quillota. En cada uno de los mapas sitúa un gran número de “pueblos de indios”, los cuales no sabemos si visitó en su totalidad o si se limitó a los que encontraba en su desplazamientos hasta los enclaves fundados por los conquistadores españoles, dibujando el resto a partir de los relatos que pudo escuchar en su recorrido. En Santiago de la Nueva Extremadura hace alusión a la catedral, cuyo obispo era franciscano. Se está refiriendo a Juan Pérez de Espinosa que ocupó este cargo desde 1600 hasta 1622. También da cuenta de los conventos que allí había, de las órdenes franciscana, dominica, agustina, mercedaria y de la Compañía de Jesús. Cifra su población en 500 vecinos (unos 2.250 habitantes). Nos dice que en ella hay gente rica, pero a diferencia de lo que había sido el leitmotiv de su narración hasta este momento, omite detalles de su misión principal: la filiación de hermanos a las nuevas cofradías de la Virgen de Guadalupe que había ido creando y a la que solo hace alusión, de forma genérica, al final de su relato de esta etapa.
Todo apunta a que continuó en dirección al sur, para llegar a Chillán, ya que enumera los ríos y cita los numerosos poblados de indios “promaucaes” (población de habla mapuche) de la zona, los cuales pinta en el segundo de sus mapas, mencionando sus redes de acequias para regar los terrenos en los que cultivaban semillas autóctonas y otras procedentes de España. De Chillán nos dice que es pequeña: “no tiene más de cincuenta vecinos [unos 225 habitantes], no sirve más de para albergue de los pasajeros que van a las ciudades de arriba [al sur]”. Ocaña precisa que a partir de aquí “comienzan los indios de guerra” porque, hasta ese momento, la población local “ha estado de paz de contino y lo está al presente”. Cuando visitó este pueblo, ya había en él dos conventos: el de San Francisco y el de la Merced. No es posible georreferenciarlos en el lugar en que estaban en 1600, ya que el primitivo núcleo urbano fue destruido en 1655 y vuelto a fundar en dos ocasiones más. Los he geolocalizado en su ubicación en el Viejo Chillán, refundado en 1751.
A partir de Chillán, Ocaña nos proporciona multitud de detalles geográficos de la Araucanía, del levantamiento del toqui mapuche Lautaro (1553-1557), así como de los productos que se cultivaban en los fértiles valles de toda la región.
Como ocurre con todo este trayecto por la Gobernación de Chile hasta la isla de Chiloé, el itinerario recorrido por el monje jerónimo resulta muy confuso, por lo que su reconstrucción, como veremos, presenta bastantes dificultades para que tenga una trayectoria geográficamente coherente.
Ocaña señala que desde Chillán parten dos caminos, uno hasta la ciudad portuaria de La Concepción y otro hacia el sur para llegar al enclave de Angol (“ciudad de los confines”).
El recorrido más lógico sería que desde Chillán hubiera seguido la ruta que lo llevaría hasta La Concepción, “frontera de los indios del valle de Arauco que son los que sustentan la guerra”. En ella tenían sus casas abiertas mercedarios, dominicos y franciscanos.
No queda claro si llegó a visitar Angol (= San Andrés de los Infantes), pueblo que dice que tenía cien vecinos (unos 450 habitantes), ya que apunta: “este pueblo está el día de hoy despoblado porque por muerte del gobernador Loyola [Martín García Óñez de Loyola, †1598] se despobló, no pudiendo sufrir la fuerza de indios que cada día le acometían y toda la gente dél se recogió a la ciudad de La Concepción”, aunque hay que tener en cuenta que esta parte de su relato, como veremos, fue escrito unos años después, probablemente en 1607. Si como Gabriel Guarda señala, Angol fue atacado y destruido por los araucanos el 18 de abril de 1600 y no fue refundado hasta 1610, y Ocaña no llegó a Coquimbo, según su testimonio, hasta mediados de abril, no parece posible que pudiera pasar por esta ciudad antes de esa fecha, pero como referiré más adelante, Ocaña sitúa el cerco de Angol en 1601. Era uno de los enclaves defensivos, “continuo presidio de soldados por estar en tierra de guerra”, y en él había habido cenobios de franciscanos, dominicos y mercedarios: “conventos de pocos frailes”. Si no llegó a estar en Angol, es probable que la información que nos proporciona procediera de algunos de sus habitantes refugiados en La Concepción.
Ocaña continuó viajando hacia el sur hasta llegar a La Imperial (situada donde hoy se asienta la actual Carahue), proporcionándonos multitud de detalles topográficos, así como de cultivos y ganados, con especial mención al guanacaco, el cual dibuja, especificando que, en esta fértil región, la población mapuche vive dispersa sin concentrarse en núcleos de población, lo que hace más difícil el combatirlos. En La Imperial se estableció la segunda sede obispal de la Gobernación de Chile en 1563, dedicada a San Miguel Arcángel. En ella también estaban establecidos los conventos de San Francisco y de la Merced, citados por Ocaña, imposibles de georreferenciar por la destrucción que sufrió este importante enclave hispano. Por un “Auto y respuesta de la ciudad Imperial cerca de su despoblación”, sabemos que la población de la Imperial había dado cuenta del sitio al que los tenían sometidos los mapuches. La respuesta de Francisco de Quiñones, gobernador real en ese momento, se recibió el 4 de abril de 1600. En ella, se les decía que “estando el tiempo del invierno tan adelante”, aguardaran al verano, en el que serían: “con más abundancia socorridos de infantería, municiones y bastimentos y demás cosas de que tienen necesidad para su sustento”. Tras las reuniones de cabildo pertinentes, “en la casa que tienen por fuerte” y “en la iglesia” [= catedral], en un segundo memorial, en el que figuran como firmantes fray Juan Barbero y fray Juan de Lagunilla, “se afirman y ratifican en la respuesta y requerimientos que tienen dadas”, reiterando las razones que habían argumentado y exponiendo al gobernador:
“Se sirva de despoblarla [La Imperial] por agora con cargo de mejorarla y fundarla en sitio conviniente y tiempo oportuno”. Señalan que los sitiadores “se atrevieron a quemar, asolar y destruir la dicha ciudad y templos della, profanándolos y quemando y acuchillando y cortando las cabezas, brazos y pies de las imágenes y santos que había. Y lo propio hicieron en las ciudades de Osorno, Valdivia y parte de la Villa Rica y otras partes sin que se les haya podido poner defensa ni reparo por la gran fuerza y cantidad de indios infieles de guerra que se juntaron para ello...”.
El traslado de este documento está fechado en la ciudad de los Reyes (= Lima), el 29 de noviembre de 1601. Podemos considerarlo un fidedigno testimonio de la grave situación provocada por la citada rebelión mapuche que condujo finalmente al abandono de estos importantes enclaves españoles que, en algunos casos, no fueron reconstruidos hasta muchos años después.
Ocaña continúa su relato haciendo alusión al puerto de Valdividia, desde el que se iba a Osorno, ciudad que califica como: “la segunda de la Gobernación, porque es casi tan grande como Santiago en gentes y en lo demás… hay convento de Santo Domingo, y de San Francisco y de la Merced”, los cuales tampoco se pueden geolocalizar por lo motivos ya apuntados.
En su relato, Ocaña se refiere también a Villarrica, “pueblo grande y de muchos indios”, situado en la ribera del lago homónimo, en la que igualmente había conventos de San Francisco, Santo Domingo y la Merced, los cuales tampoco se pueden cartografiar debido a su destrucción en la citada contienda.
Desde Osorno, Ocaña viajó a la frontera de la conquista hispana en estos territorios, la cual se encontraba situada en la isla de Chiloé:
“Que es la última de la Gobernación, la cual está en una isla de 40 leguas de largo y seis de ancho y para ir a ella se pasan dos brazos de mar, cada uno de dos leguas de ancho… lo que hay de aquí para adelante son islas todas hasta el estrecho de Magallanes, donde el día de hoy hay algunos gigantes, como los han visto los navíos que ha pasado por el estrecho”.
Ocaña no cita ningún núcleo de población concreto, por lo que he decidido georreferenciar su visita en Chacao, fuerte establecido por los conquistadores españoles, en 1567, con el nombre de San Antonio de Chacao, en la que doy por terminada esta etapa de su periplo.
Al menos una parte del relato que Ocaña nos brinda de su viaje por el sur de Chile fue escrito unos años después, como se deduce de varios pasajes. En uno de ellos da cuenta de la destrucción de algunos de los enclaves que había visitado durante la gran rebelión mapuche de 1598, la cual se prolongó hasta 1604:
“Desde el año 600 se han perdido cinco ciudades que son Valdivia, la cual tomaron los indios el año 600… fueron luego a la Imperial...Luego, el año siguiente de 1601, pusieron cerco a la ciudad de Angol… Después pusieron cerco a la ciudad de Chillán… luego el año de 602 fueron sobre la Villarrica… luego el año siguiente que fue de 603 fueron los indios sobre la ciudad de Osorno”.
Cabe destacar, como he señalado, el detalle de que Ocaña refiere el cerco de Angol en 1601, y no en 1600, lo que encajaría con su posible visita a esta ciudad. No cita los enclaves de Santa Cruz de Coya y San Felipe de Arauco que, junto a las otras cinco, constituían las siete ciudades ubicadas entre el río Biobío y el canal de Chacao que fueron destruidas en esta revuelta mapuche.
En la descripción de la emboscada de la Curalaba, la cual tuvo lugar el 23 de diciembre de 1598, en la que los mapuches, a cuyo frente se encontraba Anganamón, mataron al gobernador de Chile Martín García Oñez de Loyola, y en la que perecieron también, según nos cuenta Ocaña, “el provincial de San Francisco y dos compañeros suyos que venían de visitar su provincia”, nos dice que este cacique mapuche “vive hoy día y año de 607”, proporcionándonos la fecha de escritura de esta sección de su crónica, cuando ya se encontraba en el virreinato de Nueva España.
En este punto, Ocaña describe algunas costumbres de los mapuches, entre ellas: “tienen juntas y bailes y grandes borracheras, adonde tratan las cosas contra los españoles”, para terminar con un resumen de lo que había sido esta etapa de su viaje, en la que hace, por primera vez, mención a su principal empresa:
“Toda esta tierra, pueblos, valles y ciudades que he nombrado caminé el año de 1600, de suerte que desde que salí de España, que fue en 1599, no dejé de caminar por tierra, navegar por la mar hasta llegar a lo último de la tierra de Chile que es la ciudad de Osorno y a la isla de Chiloé que es junto al Estrecho de Magallanes, y en todos estos dos años no estuve de asiento en parte ninguna ni descansé, en los dos años, dos meses, sino siempre caminando y comencé desde el principio de esta Gobernación [de Chile] a asentar por cofrades de Nuestra Señora a todos, los cuales iban mandando sus limosnas para después darlas cuando volviesen, y al tiempo que quise volver a recoger todo lo que habían mandado que fuera muy grande la limosna por ser tierra de mucho oro, se levantaron los indios, como acabo de decir, y no solo perdí la limosna, pero toda la costa y gasto que hice por la mar hasta el puerto de Coquimbo donde desembarcamos, y doy muchas gracias a Dios por haber quedado con vida y no habella perdido con todo lo demás, como perdieron otros muchos, pues milagrosamente nos libramos de los indios cinco compañeros y yo los cuales salimos del Reino de Chile por la Cordillera a la Gobernación de Tucumán, por la manera que agora digo y conforme lo escribí a España”.
De esta última parte de su relato, se deduce que continuó asentando cofrades a medida que transitaba por estas tierras, las cuales ya estaban en plena guerra, en la que vivió episodios en los que su vida estuvo seriamente comprometida, como veremos en la siguiente etapa. Igualmente nos informa de que, durante su viaje, remitió informes a su comunidad guadalupana en tierras extremeñas, en las que posiblemente narró con más detalle alguno de los acontecimientos vividos.
Como he señalado, las etapas en las que Ocaña recorrió el Cono Sur son las más complejas a la hora de establecer sus recorridos y sus cronologías, ya que no nos proporciona los datos con la misma precisión que lo hace en el resto de su periplo. Esto me ha obligado a trazar una ruta imaginaria, limitándome a conectar los núcleos urbanos principales que cita en su crónica.